miércoles, 17 de octubre de 2007

De animales bellos




Van cayendo los mitos.


Esa generación de mujeres irrepetibles que marcaron una época.


Aunque uno no haya visto ninguna de sus películas, todo el mundo ha oído hablar de ellas.


Y por Dios, quién no lo haya hecho que rescate del olvido esas pequeñas joyas cinematográficas que hicieron del cine, la meca del glamour.


Ai, esas féminas, gacelas de la pantalla, iconos de la timidez y el recato, bellas con comedimiento, sexy's sin ofender, radiantes, cristalinas, semidiosas...


Pongamos que estamos en los cincuenta, y que hablo de Ava Gardner, Grace Kelly, Rita Hayworth, Audrey Hepburn, o Deborah Kerr.


Eran bellas por demás.


En un tiempo en que la belleza era unidireccional.


Ser guapa era ser absoluta y contundentemente femenina. Elegante. Refinada. Delicada, distinguida y prudente.


Todo eso era ser una mujer.


No entraremos a debatir prototipos pasados a la luz socio-política de los roles y clichés.


Ciñámonos a la parte bonita.


A ese aura de hermosura y perfección.


A ese patrón que con el tiempo se empezó a perder hasta la extinción.


Pero bien, son cosas de la historia, del inevitable paso del tiempo y de la teoría de la evolución.


Ese encanto que tenían las películas de antes no tendría sentido a día de hoy.


Esa inocencia, esa fragilidad, esa falta de "explicitez", esa ñoñería entrañable. Esas escenas bobaliconas y ultraedulcoradas, no tienen cabida alguna en el cine actual.


Y es natural. Al menos en parte.


Por ello es una delicia recuperar esos films, vistos con un prisma del pasado, digeridos con un espíritu de ayer, para saborear esos romances de cuento, esas escenas bucólico festivas, esos primeros planos cautivadores, esos besos de cartón piedra, esa no desnudez, y por favor, esos maravillosos looks, que vuelven convertidos en clásicos renovados.


Y todo ésto venía a que el martes falleció a los 86 años Deborah Kerr.


Esta escena semi tórrida de playa ( en su momento fué todo un escándalo y fué tachada de obscena), que compartió con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad, un regalo para la memoria y un humilde homenaje a las señoras del cine.
A esos animales escénicos.