viernes, 28 de noviembre de 2008

Heredera (s)

¿Y mi que esto del fenómeno hereditario me fascina? Y cuanto más arriba en la escala de los magnates está el antepasado mejor. Paris Hilton no abrió la veda, mucho antes que ella ya pululaban por el mundo hijas de sus padres a las que les dolía la cara de ser tan ricas. Pero para mi los elementos fundamentales son el exhibicionismo (lo rústico vulgar) y la belleza. De nada me sirve una vástaga fea que aunque quiera, no pueda. Las no agraciadas son las que siguen la estirpe como manda la genética. A mi las que me gustan son las que se ponen al mundo por montera.







Las que cambian Yale por el Playboy.



Las que encima tienen madera. Como Lydia Hearst.



Las que crecen en Connecticut, son descubiertas por Steven Meisel, son portada de Vogue, tienen hermanas que salen en el Telva, pero prefieren dedicarse a pasearse en pelotas por las alfombra rojas de la tierra.







jueves, 27 de noviembre de 2008

Eva Nasarre's rules

Como en el calendario según Roitfeld me toca ser Alana,


hoy

he decidido


que voy


a
ponerme




en forma.






A ver lo que dura...






Por cierto, ¿nadie más cree que el nuevo novio de Anita Boyer es pastado a el niño pera morboso de Gossip Girl?





miércoles, 26 de noviembre de 2008

Dame una A

Está en boca de todos.







Aunque lo suyo no es imprescindible por destacado, sino porque ayuda a entender el nuevo código de vestimenta de la camada de jóvenes neoyorquinas de la parte alta derecha de Manhattan que juegan a vivir en el Lower East Side. A él le debemos el fenómeno de las medias rotas y/o rasgadas (si lo pillara Lina Morgan) y lo que se conoce como la vuelta del grunge. Aunque no es más que un tramposo ejercicio de rebeldía impostada. Pero como lo de todo signo, estilo y religión.







Sabe muy bien de qué musa calza y el 90 % de su éxito se basa en ello. Y no le culpo. El éxito ya no se mide por lo que haces sino por a quién vistes. Y él tiene la suerte no buscada (va y la Wasson y él son vecinos de bloque) de que sus musas sean las más transgresoras de entre las niñas mimadas.



A mi todo lo que sea llevar la contraria, me pone, pero cuando la contraria es la que tiende a llevarte (y esto ya parece el chiste aquel de tender a subir y subir a tender), ya no sé si valoro tanto el ejercicio a contracorriente, sobre todo ahora el ir en contra de todo es seguir la norma. Aunque debo admitir que a mi me encantaría tirar de camiseta de tiro por las ingles a todas horas. De hecho soy una abusadora con saña de las tank tops y fans total de Erin y su posar.




Me encantaría pasearme por el mundo de esta guisa.







Pero como dice mi Ángela Channing de Cuatro Caminos "ya es demasiado tarde para ser vulgar (amos, amos)".

martes, 25 de noviembre de 2008

Pesadilla antes de Navidad


Y de las grandes. Porque amenazan torrentes de inventarios de regalos y tormentas en forma de propuestas de estilismo. Aunque para qué nos vamos a engañar, servidora, es consumidora habitual de todo tipo de listas. Y lo del decálago de looks en las revistas de Diciembre es lo que Rafael al tamborilero: un clásico. Porque uno no quiere caer en la torpeza de ceder a los clichés, pero señores, en este país sigue siendo costumbre eso de estrenar ropa en Nochevieja y este, no nos engañemos, no es pais para outsiders.
De ahí no nos mueve ni el Tato (otro tic patrio). Como moscas caemos todos ante la miel de lo rojo, bonito, barato: “total, por 29’90, me atrevo con el tutú chochero, sin medias y a lo loco”. Pues sí. Que fin de año no es más que una gran boda griega y estamos todos invitados. A mi me gustaría marcarme un look a lo Eugenia Silva de Armani Privé. Pero luego, no no volvamos a querer edulcorar lo salado, uno acaba bailando al son de Civera acompañada de un matasuegras y ¡oh cielos!, sudando. Y lo que es peor: (casi) disfrutando.
Que sí. Que uno puede resistirse todo lo que quiera y ser el más alternativo del lugar. Negarse a las campanadas, a las uvas, o al champán. Pero es mucho mejor entra al trapo. En petit comité. Pero al trapo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Aliona Doletskaya, la Wintour zarista

"Es fría, muy fría de aquí", cómo cantaría aquella. No sé qué tienen las rusas que inmovilizan. Son como bofetadas a las belleza media y al calor del impulso. Tan marxistas de herencia y beligerantes de raza. Vamos, que el neoliberalismo educacional de la Wintour se queda en nada comparada con esta Ana Karenina con tacones de Balenciaga.

Dicen de ella que será la sustituta de su tocaya. Y se cuenta por ahí que razones haylas para temer al lobo feroz: en tan sólo 10 años ha hecho del Vogue ruso uno de los de mayor tirada del mundo y con mayor número de páginas anuncio (que al final, son las que cuentan, que eso de que el Vogue pese dos kilos, no es por nada).




Es menuda, discreta, distante, arrugada, sonríe con dificultad y se define como muy bizantina. Lo de la iconografía es otro de los tics de la nueva rusia, la de Yeltsin y el baile del sambito, la de Ysinvayeva y su ambición bien entendida, la de las Tattoo y su sexualidad, la que huye del minimalismo pero escapa de la opulencia. La del buen gusto y la memoria histórica. Aunque lo de la devoción por las vírgenes es también cuestión de deformación profesional: la Carine Roitfeld a la esencia de Vodka es licenciada en historia del arte.






Aliona quiere sofisticar a la nueva rica que tira de pieles, joyones, escotes, y uñas postizas. Su función es básicamente social: que su nación deje ser un país de muñecas matrioschkas con pinta de Paris Hilton y aproveche sus recursos naturales (en términos de belleza) para recuperar esplendores de antaño. Pasando por encima de los bolcheviques, y tal. Y es que aparte de modelos, bailarinas o putas, hay vida más allá.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Esto no es Diario de



Muy mona. Sí. Y la Jolie, un zorrón. Pero a cuento de qué. El mes pasado era la niña rara con cara de tejana que enciende alumbrados públicos en Navidad, y éste, la novia de América. La chica de al lado. La despechada. La de la vida amorosa pletórica sin casa en Connecticut ni foto con niños en Disneylandia. La de la boca sellada y los pechos sin instinto maternal. La del suéter a rayas y las pulsiones de manual.





La empática, la dulce, la pobrecita humillada. La del pijama de rayas y gown by Donna Karan. La de la melena pro-vitaminada, los muslos livianos, el aura de Santa y la mirada envenenada. La de la cara lavada y la honra virginal. La de la convención social. La bella ordinaria. La guapa natural.



La que no aporta nada.






La que no tiene garra. Ni agarre. Ni tracción. La que aburre y da pereza. La insulsa y deshauciada de gracia a la que yo también quisiera engañar.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Ostracismo

Y lo feliz que estoy yo hoy con mi Beyoncé. Incomprendida hasta decir basta porque parece que merma mis miras eso de que lo negro comercial sea mi música de cabecera. Pues sí, lo es. Y yo cuanto más pasetelosamente infumable es la canción, casi que mejor. De esas de coro de Iglesia.
Pero no por norma, no os creais. Ahí empieza y acaba toda mi simpleza. Yo creo que es un tic que me quedó de pequeña. Si fuera carne de Sorpresa, sorpresa, me chiflaría que entrara por el arco de mi puerta una Mariah Carey enjoyada hasta las tetas. Con una minifalda por encima del ombligo y un book bajo el brazo con los planos en tres dimensiones de su apartamento y un mapa detallado de la mejor estrategia de ataque a su vestidor, más un manual de instrucciones sobre cómo usar sus modelos sin morir asfixiada en el intento.
Y digo que ahí empieza y acaba porque ayer me asaltaba la duda: entre ir a ver Gomorra y quedarme en casa a ver los extras del dvd de Sexo en Nueva York, me quedé con la segunda sin duda ni ofensa. Aunque se me desmontó "la paradeta" cuando en la fnac esparcieron todas mis esperanzas por tierra.
Y eso ya no sé si es un tic de la infancia o producto de un inconformismo general y una echada de cierre al mundo real. A ese de la injusticia por bandera.
Y digo yo que que lo mejor que te puede pasar en la vida es dedicarte profesionalmente al sector de lo ocioso insustancial, para que así, en tus ratos libres, te puedas entregar a la profundidad, y no viceversa.
Aunque los límites, como en todo, no están nada claros y las líneas, se desdibujan y atraviesan.

Y no hay que cebarse con los estilismos de mi querida comadre miss B, que no estamos tan mal, hombre (al loro)!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Delito y castigo


No me gusta la portada de los mil y un cristales. Belén Rueda me parece de lo menos sugerente que uno se puede echar a la cara. Y ese cuerpo, no es el suyo. Y eso suyo, no es un cuerpo.
Mientras Bellucci dice que hace tiempo decidió sacar a sus formas del armario, Belén me da la sensación de que tomó la vía contraria y se ha esclavizado a destiempo. Eso suyo es el peor fruto de la más estigmatizada de las condenas: la rabia. Y a mi lo único que me transmite es desazón. No puedo entender ni entiendo como nos lo han vendido como sinónimo de lujuria y de deseo. Y la mujer lo hace muy bien en Puleva.
La verdad es que me resulta hasta entrañable. Es maja. Parece sincera. Y si Señor Quinquillero recuerda la primera vez que vio a Gaultier yo tengo presente como si fuera ayer la primera vez que la vi en un Vip noche junto a Fofito Aragón. Pero de ahí a este resurgir de Venus con ínfulas Kidmanianas y síndrome de Obregonismo, no, no lo compro, me niego. Me apesadumbra solo verlo.
Este mes me sigo quedando con el Telva y esos soplos a lo Elena Francis de diván que nos suministran por fascículos: “Sexo, drogas, delincuencia...Mi hijo miente”. Se cierra el telón. Estoy por coleccionarlos y cuando tenga vástagos me ahorro el terapeuta. Los puedo colocar entre las recetas de Arguiñano y la carpeta con recortes de la Preysler en el Hola!

Ya: no, no me enviarán nunca la revista a casa.


Y sí: sigo estancada en Gossip Girl.

martes, 18 de noviembre de 2008

¡Que te has casado, que sí, que lo han dicho por la tele!


Mi madre también se casó con botas, y yo, hasta los 12 años estuve reutilizando su vestido de novia en Nochevieja mientras tarareaba Marinero de luces a grito pelado y torturaba a mi prima con mis minutos musicales. Era comprado en una de esas boutiques entrañables en peligro de extinción de una avenida con nombre de general.
Tenía volantes en los bajos, en las mangas, y una pechera con bordados azulones. Las camperas a juego nunca las llegué a conocer, supongo que la vergüenza ajena hizo que mi madre se deshiciera de ellas cuando los cánones estéticos arrinconaron los guiños setenteros y criminalizaron todo aquello visto con anterioridad.
Y es que en aquella época no tenía cabida el fenómeno vintage. En un país que vive anclado en el pasado, si uno se entretiene en él por voluntad, no hay sitio para el progreso. Pero ahora que hemos tocado fondo, y hemos llegado a nuestro destino final, retrocedemos casi por imperativo moral y buscamos rendir homenaje a todo lo que pasado no está. Sí, eso mismo que va volviendo de un tiempo a esta parte envuelto de homenaje y disfrazado de actualidad.
Y todo esto viene a que dicen que la Palacios no ha llevado zapatos al altar.
Por cierto, hablando de costumbrismos y blanca Navidad, aquí va mi apuesta particular de campanadas para este año: Palomares y Maria Amparo.
¿Alguien da más?

domingo, 16 de noviembre de 2008

Después del relato, llega la calma, y esto podría ser verdad





Se abalanzó sobre él como si fuera el último daiquiri frozen de la historia de la humanidad. No lo soltó. Lo apretó fuerte contra su pecho y dejó de respirar por un momento como si el ir y venir de sus conductos nasales le impidiera concentrarse para dar con el próximo paso. Exhaló aire por la boca, se armó de esa cosa llamada paciencia, alzó uno de sus codos, el derecho, o el izquierdo, ya no se acuerda, y se lió a empujones con sus semejantes. Por un momento se acordó de las tierras incógnitas. De esos paisajes de la excepción dentro de la norma. Eso que estaba viviendo con tanta angustia, buscada, por otra parte, no era más que un ejercicio de hostilidad incoherente y absurda en un escenario de paz. Someterse a una serie de torturas barbáricas de motu propio. Un despropósito. Un insulto. Pero un acto libre, meditado, anhelado, y hasta placentero. Todo esto le venía a la mente mientras alcanzaba su objetivo no sin antes haberse desprendido del todo de su disfraz de buena voluntad. Esta era su guerra particular. A una escala nimia. Pero no por ello menos válida a nivel emocional. Venía a demostrar que al hombre cuando se le cruza alguien en su camino, muere el sentido de pertenencia a la comunidad. Uno está sólo ante el peligro. Y aquella chaqueta desestrcuturada era su blanco ideal.


PD: No voy a decir que he vuelto pero he vuelto tras una serie de catastóficas desdichas