jueves, 29 de enero de 2009

Una niña Scrunchie en París

Había una vez una niña Scrunchie que se metió en la cama y se despertó en París. En realidad fue volando, pero no cual colibrí, sino es uno de esos pájaros de chatarra que cada día le dan más miedo. Hacía frío, el más crudo de los inviernos, y su misión era darse un paseo por el mar. Ella no entendía muy bien como iba a ser eso posible en la ciudad de la luz que siempre es gris, pero eso decía en el trozo de papel que le había entregado un mensajero virtual. Feliz e incómodamente acicalada se echó la duda a las espaldas y se entregó a los brazos de la urbe que mató a Lady Di.


Su objetivo antes de la hora a la que había sido convocada para navegar era un minucioso trabajo antropológico sobre esa rara avis a la que no extingue ni la peor de las crisis y que puebla las llanuras de la República independiente de la Alta Costura. Como ya le habían dicho, el acceso a su territorio está absolutamente restringido, el visado se concede en contadísimos casos y siempre al modo tradicional: a dedo, así que decidió ejercer de observadora externa y nunca neutral, a uno bajo cero, a quince centímetros del suelo y miles de kilómetros de la realidad.
Con guantes rojos y los ojos bien abiertos, llegó al Palais de Tokio, en la avenida del Presidente Wilson, justo en frente de un mercadillo popular en el que los comerciantes y sus furgonetas atendían a sus populares clientes ajenos e inmunes a pieles, muchas pieles y un sólo destino: Elie Saab.



Silicona, laca, manicura, bolsos y Loubutines; niñas como salidas de Gossip Girl bajándose de monovolúmenes con cristales ahumados, muertas de risa y orgullo, modelos con sandalias, y redactoras de Elle haciendo encuestas azotadas por el frío. Los depredadores con cámaras se agolpaban a su paso interceptando su decidido galope y sus miradas de odio altivo. Con sus gestos clamaban al esquivo pero con sus movimientos de reojo, llamaban al objetivo.
Scrunchie no domina para nada las artes fotográficas, no sabe encuadrar, ni posicionarse respecto a la luz, ni calcular distancias, ni dejar quieto el botón del zoom, y eso que su tío, es El artista multidisciplinar, pero allí estaba ella haciéndose un absurdo hueco entre tanto flash. Camuflado en la manada avistó a un lobo con piel de pivón y se dijo, éste es para Di, que tiene fama de saber apreciar la buena carne. Y lo que se cría en Paris queridos, no es fruto del combluterol.




El goteo de señoronas con síndrome de Benjamín Button no para: melenas, más pieles, acento americano, y payasismo universal; tacones, taconazos, y Nati Abascal queriendo llamar la atención entre tanta arpía de país árabe y sin chaddor al margen de cualquier situación internacional. De repente, un coche hace stop, y ¿quién es? La Pataky, su pésimo gusto, y un culo excesivamente respingón. La siguen Dita Von Teese con una calvicie incipiente a tener muy en cuenta, pero con un halo de porno fino muy bien llevado, y la joven Barton (Mischa).




La temperatura empieza a bajar y los tenderetes de fruta y verdura entre los que se intercalan bolsos a 10 francs no se inmutan: en tan poco espacio colindan dos mundos que ni se miran, se ignoran sin perdonarse la vida, y la niña Scrunchie, apatrida temporal, cruza la frontera embriagada por el olor a cítricos



Jean Paul Gaultier es uno de sus mitos y a ella no le importan los demás, sólo quiere saber si huele a mâle; pero a la puerta de su morada justo delante de los Arts et Métiers solo hay vallas y griterío, y de nuevo: desfile de berlinas a pie de acera

Más pieles, más prepúberes disfrazadas de señoronas y señoronas de prepúberes, y de nuevo, jugando al despiste, Nati Abascal, a la que Scrunchie había ya visto en varias ocasiones pero nunca había percibido lo desapercibida que puede llegar a pasar (la quiere igual, que conste). El zumo de naranja del súper es horrible, y Scrunchie se quiere sentar.




Todavía queda una hora para que desatraque su barco y ni siquiera la bella fealdad de Lou Douillon la hace recapacitar: se marcha a Colette a sentirse una más. Allí todo es muy tan, que se queda en ná. Y scrunchie sale de la tienda con una cajita de latón en forma de magdalena glaseada con la que se siente felicísima. No se ha dado cuenta pero la tontería se ha adueñado de ella, y ni sus pies destrozados, ni su hipotermia en los dedos pueden parar su hambre de bobada.
Sí, en un abrir y cerrar de ojos está en la tienda de Marky Mark, la misma en la que los dependientes invitan a la fantasía sexual más explícita y la ropa es de pésima calidad, pero el cartel de 33 euros la llama (porque desde que ve Lost, los números la tienen obsesionada), y la conmiseración que le produce la imagen de Marky en un mal día y como la dieta lo trajo al mundo la hace apiadarse de él y decide llevárselo a casa...total. Son casi las cuatro y hay que darse prisa.
En los campos Elíseos Ladurée está colapsdo y la tienda de Vuitton parece un almacén garage.
Una sala de fiestas no era lo que ella esperaba, prefería un burdel, un taller, un museo, o un corral, pero se supone que la magia no depende del lugar. ¿Y entonces el barco? Acababa de zarpar
...continuará.












martes, 27 de enero de 2009

Eucaristía de papel



Maria Antonietas papirofléxicas,



princesas prometidas de origami,



edenes hechos con cuartillas,




¿y un pequeño homenaje a la señora de las trenzas?



Blanca y radiante va la novia, blanca, radiante y sin intención de sentarse a la mesa ni conceder el beneficio del vals.




Blanca, radiante, y sin sonrisa que esbozar.



Tiesa, rígida, y erecta;




almidonada, descreída y glacial.


Blanca, radiante, y con paso firme hacia un altar de rosas efímeras de árido perdurar.



Una novia sin ramo y con liturgia de volatil solemnidad, una novia de grandes esperanzas y difícil conformar; una novia enamorada sin romance y entregada sin dar; una novia torpe pero sólida, ingenua pero sin titubear; una novia distante, arisca, engreída y testaruda, pero sobre todo, una novia leal.
Una novia tan calculadora como liviana, tan dulce como mujer fatal, una donna con espíritu de hombre, un lobo con piel de cordero,
un deseo, una promesa, un contrato:
de aquí a la eternidad.








The man from Tallahassee


Si la Costura hace de lo feo algo bello, y el arte, de lo feo, algo bello, Juan Carlos Antonio tiene algo de los dos, pero lo más monstruosos que se pueda ver sobre una de sus pasarelas, es él (e Irina Lazareanu). Otros se cobijan en el parapeto de la Alta Costura para hacer confección de calidad, pero mueren en el mismo momento en el que salen a escena, porque el sueño ¿dónde está? Juan sabe que su obligación es hacer soñar y nadie mejor que él para narcotizar nuestros sentidos y hacernos olvidar por un momento, que lo real, no siempre es palpable, que lo que existe, no siempre es real.





Costura son materiales nobles, hilos de oro y engarzar; costura es artesanía, y es humo; costura es un precio hora que se triplica, y son muchos días de dedal; son batas blancas, guantes, ojales, organzas, y precisión milimétrica; son focos, son cámaras, es acción; es dinero, es lujo, y sinrazón.

Es Alicia en el País de las Maravillas, Baudelaire y Marivaux; es La joven de la perla: alma de poeta y trazos de pintor; es picardía burlesca, y son muecas de bufón: su nombre es John Galliano pero sabe a Christian Dior.



Y si la vida es sueño, los sueños, Costura son.







viernes, 23 de enero de 2009

¿Austera yo? Tururú

Incrédula en todo caso. Escéptica y agnóstica. Frugal, rígida y rigurosa...

¿Mi mejor terapia? Un buen baño de pulcritud para calmar las ansias de indecencia.

Así que hoy me pongo el disfraz de metodóloga a ver si alguien me lo quiere arrancar...
Por cierto, Akris, esta firma en la que no había reparado demasiado jamás, me está contagiando un sentimiento de abstinencia brutal. Bendita penitencia. Creo que las inhibiciones me sientan fenomenal.
¡Buen fin de semana a todos!


jueves, 22 de enero de 2009

Arroz con bacalao



Venga a mi la tecnología y hágase su voluntad.
Menos mal que me he quedado sin cámara porque menuda pereza tener la tentación de hilvanar retales de "Cómo pan para mantequilla".
A Lost pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre...Y que viva un buen cocido!

miércoles, 21 de enero de 2009

Cuatro bodas y un funeral


El día que yo me case, a mi futuro marido le compraré una camisa con chorreras y me ataré a él con una cadena de platino; yo me plantaré unas botas hasta las ingles y me dejaré de romanticismos.
Tengo la intuición de que será en Las Vegas, y me da lo mismo si tiene validez; nada de cosas exóticas, minimalistas, y espirituales; un predicador de pega, un disfraz usado y un pelucón de alquiler.
Y eso que le estoy cogiendo el gusto al Telva y disfruto con sus sesiones de terapia familiar gratuita y Elena Francis de alto nivel; ya no me molestan los especiales de niños pera ni los anuncios de salas de banquetes: ni siquiera las recetas y las casas redecoradas por Pascua Ortega.
Y eso que ya no sala Tamara.
Pero he decidido que para recortar, me va de perlas.
Así que no, no me aburgueso del todo, y mucho menos en cuestión nupcial, que yo soy multidisciplnar, como mi tío H. , pero a día de hoy puedo afirmar y afirmo, que me tira más el Telva que el Vanidad o el Neo2: ha muerto la wannabe tendenciosa que nunca hubo en mi interior.
Y como estoy de luto, mañana me voy al Pan y Mantequilla para darle también a él la extrema unción.

martes, 20 de enero de 2009

Si hoy es martes, esto es Washington


Si hoy es martes, esto es Washington, y aquí me hallo plantado en el sofá de casa, manta mediante, recogiendo los últimos escollos de Fama y con la mano puesta en el mando para recibir señales intermitentes de lo que va a de ahora en adelante mi tarde: hoy no me muevo de aquí hasta que mi amigo Hussein salga del capitolio como presidente.
Yo, que de patriótica no tengo nada, reconozco que a mi estos fenómenos de vena hinchada, me sorprenden. Me alucina que independientemente de ideologías (vale, prácticamente colindantes) exista un sentimiento supremo e inquebrantable que se llama nación, una palabra mayor que muchos tienden a confundir con imperialismo, hegemonía y supremacía moral, pero que en el más inocuo de sus sentidos, es un trastorno como cualquier otro.
Si es que los seres humanos desde que nacemos buscamos protección, es pura biología, nos desprendemos del vientre materno para demostrarle al mundo que podemos vivir por nosotros mismos cuando en realidad a lo que nos ceñimos mayormente es a buscar una prolongación artificial de esa gestación. Nos viene de coña que el mundo se haya empeñado en buscarnos madres postizas en forma de parejas, trabajo, amigos o afición. Y la tierra es la perfecta tutora adoptiva. Uno se cree inmune a chorradas de raíces hasta que le tocan a sus referentes o le privan de ellos: entonces se convierte en un monstruo.
Y además somos unos blandos, que progre, progre, pero si en mitad de la Antártida empieza a sonar el Fary, por mucho que seas del Vic profundo, se te van los pies. Vamos, que nunca está de más tener algo a qué agarrarse, otra cosa es que en nombre de un los vínculos se hagan barbaridades. Eso a nuestra escala, lo hacemos todos. Y sino que nos pongan un Balenciaga vintage delante a ver cuantos ojos arrancamos antes de contar hasta tres.




A mi eso de ponerse trascendental cuando suena un himno, me suena a Chino, por eso me encandila tanto el gesto compungido de los demás. Qué monas son Malia y Sasha. Y qué bonito tiene que ser eso de rezar. ¿No? Y qué grandes son Aretha Franklin y su pedazo de lazo por tocado. Aig, si es que a mi la patria chica se me queda pequeña, que yo soy muy de eventos grandes y aglomeraciones bestias. De uno entre un millón. Que todo lo más que yo he ido en procesión ha sido a las rebajas, a un concierto, o de fiesta. Y oye, que mi Sonso es mucha Sonso, pero el fenómeno histérico de a ver que se pone Michelle ma Belle me divierte una barbaridad, porque tanto currículo impecable para que al final todos los periódicos acaben hablando de quién la viste y vestirá.
Y espero que de quién no vuelva a hacerlo sea de esa paquitina de su barrio con nombre de periodista del ABC: Isabel Toledo.
El tiempo y Oscar de la Renta dirán.

ACTUALIZO: Sí a Tita y Heini por Helmut Newton en la portada de Vanity Fair

sábado, 17 de enero de 2009

Trilogía

¿Dónde está Triana? Ha muerto, o mejor dicho: la han matado. Ella, musa y amiga, inspiración y sherpa en las Alpujarras de un mundo cada vez más ennegrecido. Ella que lo ha dado todo por el señor Christian, que lo ha hecho torear en las mejores plazas y ser manteado sin riesgo de caida; salir a hombros y coleccionar orejas; comer torrijas, rezar rosarios y hacer calceta.
Ella que los sacó de Arles para enseñarle lo que era la Semana Santa, que amamantó al gitano que llevaba dentro, le puso un "tablao" y le hizo un "francés"; le presentó a Picasso y a Toulouse Lautrec, a Marivaux, Lorca y Molière; a Patou, Velázquez y Cecil Beaton; le puso un cabaret, un puticlub y lo llevó a Versailles y a Saint-Tropez; al Prado, a la ópera y hasta al altar.


Es una pena, un drama, una desfachatez.


¿Y que pasó con Las Meninas y Maria Antonieta?


Han muerto también.



Y entonces, ¿qué nos queda?

Pues lo de siempre: el hambre, y las ganas de comer.















viernes, 16 de enero de 2009

Oui, c'est moi

¿Es a mí? No, no me mires así. Que no sabes lo que me ha costado decidirme. A mi me han dicho que subiera al ático y me probara trapitos, que los ha hecho un señor obsesionado con los astronautas y el circo, los piratas y Napoléon; con pinta de bombero torero y egosintonía crónica; con perilla, patillas, y mechas de las de gorro;
mira muy raro y camina mejor que yo, es fetichista, y pro-relicario,
y se ha puesto satélite en casa para dislocarse el esternón con Rafa, que le cante nanas Carmen Orozco y descubrir qué es eso de Muchachada.



El malva no te gusta, lo sé, y lo del cuello halter ha sido un error; el suelo resbala, lo acaban de encerar, y hace un frío que pela, me voy a abrigar.


Esto es más tú, ¿verdad?, no llevo nada debajo, y no te voy a engañar, pica y mucho, pero es precioso, y ya empiezo a entrar en calor.




Así que décolletés: allá voy. ¿Tú sabías que en Gibraltar hay muchos monos?





Yo me acabo de enterar. ¿Y qué me dices de mis zapatos rojos?




Pelillos a la mar.



Ahora te veo borroso. Pero te escucho a la perfección.




¿Ah sí? A mi también me lo parecía, ya sabía yo que lo del antifaz lo había visto en algún otro spot...







Y es que se ve que Juan Carlos Antonio, antes trabajaba para ese otro monsieur, sí, el del anunio de la máscara de blonda con la hija del ex-primer ministro cañón.