
Mi madre también se casó con botas, y yo, hasta los 12 años estuve reutilizando su vestido de novia en Nochevieja mientras tarareaba Marinero de luces a grito pelado y torturaba a mi prima con mis minutos musicales. Era comprado en una de esas boutiques entrañables en peligro de extinción de una avenida con nombre de general.
Tenía volantes en los bajos, en las mangas, y una pechera con bordados azulones. Las camperas a juego nunca las llegué a conocer, supongo que la vergüenza ajena hizo que mi madre se deshiciera de ellas cuando los cánones estéticos arrinconaron los guiños setenteros y criminalizaron todo aquello visto con anterioridad.
Y es que en aquella época no tenía cabida el fenómeno vintage. En un país que vive anclado en el pasado, si uno se entretiene en él por voluntad, no hay sitio para el progreso. Pero ahora que hemos tocado fondo, y hemos llegado a nuestro destino final, retrocedemos casi por imperativo moral y buscamos rendir homenaje a todo lo que pasado no está. Sí, eso mismo que va volviendo de un tiempo a esta parte envuelto de homenaje y disfrazado de actualidad.
Y todo esto viene a que dicen que la Palacios no ha llevado zapatos al altar.
Por cierto, hablando de costumbrismos y blanca Navidad, aquí va mi apuesta particular de campanadas para este año: Palomares y Maria Amparo.
¿Alguien da más?
