lunes, 10 de diciembre de 2007

À la recherche du temps perdu

Cuando el abrigo se hace aún el tímido, los incipientes catarros apremian y el sol todavía calienta, nos llegan las primeras propuestas 08 de la estación más gélida.

Esa primeriza y sobrevenida hornada de réplicas a la fuerza que nacen para calmar las ansias de nueva tendencia, y, aunque no vengan para quedarse, son el bálsamo perfecto para despistar al desgaste, al hastío, al deterioro y aburrimiento de lo que debería traer el invierno pero que se llevó hace tiempo ya la primavera.

Estamos a vueltas de nuevo con las colecciones trampa, esas perecederas, caducas, de muy corta vida e inmediata idea que sirven de banco de pruebas, de triste ensayo, de deslucida y chantajista muestra.

Engatusan sino engañan a los sentidos, estimulan los bolsillos, y sirven de eventual plataforma para aquellos que llegan.






























Es el caso de Alessandra Fachinetti que con este "botón " se presenta en su nueva etapa como "sucesora" al frente de una homónima firma cuyo mentor nominal es casi de imposible olvido.

La tarea es árdua y es harto largo el camino pero Fachinetti ha sabido hilvanar un elenco de supuestos plásticamente coherentes con la línea de la italiana casa, comedidos, monocromáticos, elegantes, refinados y distinguidos pero más desvirtuadamente americanos que dignos de Valentino.




















































De la Renta y Carolina Herrera, ultra-ortodoxamente fieles a sí mismos, ni sorprenden ni defraudan, cumplen. "Period". Aunque el dominicano hace un esfuerzo concienzudamente reflexivo por hacer de su transitoria obra algo más que un casual y recientemente obligado ejercicio.








































































Con Zac Posen no soy nunca objetiva, me lanzo enseguida a la piscina de la alabanza fácil e introspectiva, así que de su furtiva enmienda, de su particular "oda al business" me quedo con sus exiguas siluetas, su monopolio de lana, su satén rosa palo y su lúrex sirena. Me quedo siempre con Zac y su flow newyorquino.























































































































































































































































































La colección de Chanel ha sido sin embargo un grito de guerra. Con una propuesta a veces sórdida, en ocasiones misteriosamente etérea, Karl se reafirma con rockera desdeña, bajo un halo de punk de autor, para y por las lolitas gótico groupies con sobredosis de eyeliner y compradoras en potencia.
El escenario es la clave y que Karl se case ahora con Londres no es fruto de la pura casualidad o la mera coincidencia, la obra prefabricada del kaiser, mitad prêt-a-porter mitad "couturesca" aunque cien por cien orientada a la venta, bebe de fuentes británicas, de la musa Kate y su discípula "metida a vocalista" semi grotesca, vamos de Irina, de Amy, de Lilly, de la crecidita novia en la sombra de Harry Potter o la hija de la princesa.
Un festival más que para los sentidos, para los amigos.
Una declaración de intenciones en toda regla, un "pasacalles acallarumores" con tintes de represalia y estampa un tanto burlesco-canallesca.






















martes, 4 de diciembre de 2007

Un tranvía llamado deseo






Aún sigo dándole vueltas a la elección de Sarah Jessica Parker como mujer menos sexy del mundo. Me cuesta desvincularla de su personaje, pensar en ella como un ser autónomo, como en esa otra persona, actriz, esposa y madre, cuya verdadera personalidad ignoro y confundo.



De su yo antes de Sexo en Nueva York conozco bien sus primeras incursiones en el cine, aquellas del siglo I antes de Carrie, desafortunadas en glamour y funestas en sino (menos Ed Wood , El club de las primeras esposas y Mars Attack, que me encantan) pero en las que ya se intuía su especial condición.

























En cuanto dejó de hacer de bruja enseguida le encontraron el filón de rubia peligrosa, de femme fatale natural de Ohio, le pusieron melena dorada a lo Verónica Lake y bordó ese recurrente canon con su mejor arma: su poder de seducción.



Porqué no, no era ni es guapa. A priori no es dulce ni delicada. No tiene cara de ángel, ni rasgos de “princesa azul”. No es la novia de América ni fue cheerleader en su juventud. Seguramente tuvo una adolescencia traumática plagada de inseguridades, miedos, y frustración. Y no estuvo bien acompañada en su baile de graduación...

















































Sus curvas son escasas, es menuda, y está muy (para algunos demasiado) “fibrada”. Tiene las orejas enormes, la cara excesivamente afilada y angulosa, la nariz huesuda y una verruga camuflada en el mentón.
Pero la sensualidad de uno no reside en unos atributos físicos más o menos acordes a un supuesto estereotipo universal de humana perfección, sino en la actitud.
En el carácter, en la pose, en la presencia, en los aires y en la femenina intención.
En el movimiento, en el modo, en el ademán.
En el estilo.
En el gesto.
En la determinación.























































Hablo ahora ya desde la ficción. Desde su alter ego. Desde su otro yo. Que no es más que la culminación de ella misma. Una simpática exgeración. Su rol en SATC está construido desde y para ella, no podría existir Carrie sin Sarah Jessica, ni viceversa tampoco, son un pack, un todo, indivisibles, indisolubles, inseparables. Y no solo para el gran público, que a fin de cuentas poco sabe de su vida íntima y su mundo interior, sino para su propia persona. Porqué debe resultar difícil encontrarse cuando llevas tanto años en la piel de otro. Debe ser complicado saber qué pones de tú parte y qué es fruto de la creación. Distinguir conscientemente qué manías son tuyas y qué tics deben quedarse en el set de filmación. Qué es lo que te gustaba, qué te gusta, qué te queda, qué aportas, qué desechas, qué te llevas. Qué te pones, cómo vistes, qué comes, cómo andas, cómo sientes, cómo piensas, cuando lloras, porqué ríes, cuán feliz eres, o cúal es tu desdicha.


















































Por eso me da que la expresividad de Carrie es toda de Sarah Jessica. Su pasión ante la vida, su vivacidad, su nervio y su franqueza. Sus aspavientos compulsivos, su risa inteligente, su verborrea aguda y su discurso mordaz. Su timidez atrevida. Su gracia sagaz. Y por supuesto, su preciosa mirada. Y un "pelazo" excepcional.
Pero sobre todo lo que seguro es cosecha propia es su sutil contoneo. Esos andares divinos que son el colmo de la feminidad. Sus pies nunca tocan el suelo y su manera de moverse sigue siendo meditadamente sexy y descaradamente sensual. Como sexy, y sensual, la hacen todo lo demás. Así que todavía no entiendo que su "marca de la casa" le haya propiciado tan inmerecida y falaz mención.
























































Y es que Carrie somos todas, y contra eso, no existe curación.



















domingo, 2 de diciembre de 2007

Los amigos de Peter




















Sus retratos incoloros turban y atrapan.


















Poseen enigmática fuerza, hiriente misterio, incógnita entraña.


















El color no es virtud en la óptica de Lindbergh.

















Su matiz está en la luz, una luz sin sombra, una luz unificada.




































































































Alemán de nacimiento fué un hippie con maneras de artista que como muchos otros celebérrimos fotógrafos en la cumbre de la indústria dorada, llegó a la moda por casualidad e hizo de ella su morada.




Amante de la pintura y la montaña, Peter es otro claro ejemplo más de autodidacta.




Parece el sino de los talentos sin rumbo.




Todos ceden ante las maniquíes, los flashes, las lentejuelas y las portadas.

















Empezó haciendo pequeños trabajos en Düsseldorf para boutiques de vanguardia y cinco años después ya era el profesional del medio mejor pagado de Alemania. En 1978 el director artístico de Marie Claire le invitó a instalarse en París y su carrera se vió ferozmente catapultada.























Lindbergh se hizo famoso fotografiando modelos para consagradas revistas como Vogue, Harper's Bazaar, Rolling Stone, o Vanity Fair pero como bien ha reconocido él mismo lo suyo es "la geografía de los rostros" y no fijarse en pliegues, zapatos o rayas.














Su don le precede y le avala.


Capta aspectos recónditos, semblantes simbólicos, emociones encarceladas.


Le interesan la expresión, el gesto, la actitud, y sobre todo, la mirada.


Araña apariencias.


Y quita máscaras.






























Ha fotografiado a las mejores.

Las ha desnudado ante su cámara.

Nos ha mostrado su esencia sin maquillaje, sin falsas poses, sin mitos, sin farsa.













































Algunos teatralizan, muchos disfrazan, otros exageran o realzan, cubren, ponen, quitan o apartan pero Peter Lindbergh naturaliza, sosega, serena y aplaca.

Sus fotos mastican quietud y transmiten sacudida calma.






La mayoría enfoca pero no ve nada.

Pero Peter Lindbergh radiografía y plasma.

Sin demasiado artificio y sin ninguna artimaña.

Se nota que trabaja desde dentro y no busca una imagen sino un espejo del alma.
















El tiempo se detiene ante su automático prisma.

Atrapo el aliento, la mueca, y sobre todo, y reitero, la mirada.

Ya sea fija o perdida, nostálgica o asustada, alegre, matadora o apenada.


Le gustan las caras desvestidas para poder construir desde la nada.




No busca una magia fingida, una belleza robada.




Encuentra más de lo que existe y muestra más de lo que agarra.




























































No hay trampa ni cartón.
Se acerca a su presa marginando el entorno.
El porqué de la foto se vuelve secundario.
La ropa, el contexto, el medio, la marca...
Peter no se vende a la baja.
El ve lo que ve, y no hay finalidad otra que valga.

























































Ante su magnífica labor me postro y le deseo larga vida al "patriarca" del guiño pasivo, de la franqueza imposible,
de la parafernalia congelada.

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