
Sus retratos incoloros turban y atrapan.
Poseen enigmática fuerza, hiriente misterio, incógnita entraña.
El color no es virtud en la óptica de Lindbergh.
Su matiz está en la luz, una luz sin sombra, una luz unificada.
Alemán de nacimiento fué un hippie con maneras de artista que como muchos otros celebérrimos fotógrafos en la cumbre de la indústria dorada, llegó a la moda por casualidad e hizo de ella su morada.
Amante de la pintura y la montaña, Peter es otro claro ejemplo más de autodidacta.
Parece el sino de los talentos sin rumbo.
Todos ceden ante las maniquíes, los flashes, las lentejuelas y las portadas.
Empezó haciendo pequeños trabajos en Düsseldorf para boutiques de vanguardia y cinco años después ya era el profesional del medio mejor pagado de Alemania. En 1978 el director artístico de Marie Claire le invitó a instalarse en París y su carrera se vió ferozmente catapultada.

Lindbergh se hizo famoso fotografiando modelos para consagradas revistas como Vogue, Harper's Bazaar, Rolling Stone, o Vanity Fair pero como bien ha reconocido él mismo lo suyo es "la geografía de los rostros" y no fijarse en pliegues, zapatos o rayas.

Su don le precede y le avala.
Capta aspectos recónditos, semblantes simbólicos, emociones encarceladas.
Le interesan la expresión, el gesto, la actitud, y sobre todo, la mirada.
Araña apariencias.
Y quita máscaras.

Ha fotografiado a las mejores.
Las ha desnudado ante su cámara.
Nos ha mostrado su esencia sin maquillaje, sin falsas poses, sin mitos, sin farsa.


Algunos teatralizan, muchos disfrazan, otros exageran o realzan, cubren, ponen, quitan o apartan pero Peter Lindbergh naturaliza, sosega, serena y aplaca.
Sus fotos mastican quietud y transmiten sacudida calma.
La mayoría enfoca pero no ve nada.
Pero Peter Lindbergh radiografía y plasma.
Sin demasiado artificio y sin ninguna artimaña.
Se nota que trabaja desde dentro y no busca una imagen sino un espejo del alma.

El tiempo se detiene ante su automático prisma.
Atrapo el aliento, la mueca, y sobre todo, y reitero, la mirada.
Ya sea fija o perdida, nostálgica o asustada, alegre, matadora o apenada.
Le gustan las caras desvestidas para poder construir desde la nada.
No busca una magia fingida, una belleza robada.
Encuentra más de lo que existe y muestra más de lo que agarra.




No hay trampa ni cartón.
Se acerca a su presa marginando el entorno.
El porqué de la foto se vuelve secundario.
La ropa, el contexto, el medio, la marca...
Peter no se vende a la baja.
El ve lo que ve, y no hay finalidad otra que valga.



Ante su magnífica labor me postro y le deseo larga vida al "patriarca" del guiño pasivo, de la franqueza imposible,
de la parafernalia congelada.